Que retengan su brillo”: una enseñanza viva sobre las Escrituras

Que retengan su brillo”: una enseñanza viva sobre las Escrituras

Publicado el 1 de mayo de 2026

Por: Alvaro Figueroa

Autor : Alvaro Figueroa Z


En Alma 37:1–6, encontramos uno de los momentos más íntimos y trascendentes del Libro de Mormón: un padre, el profeta Alma, entrega a su hijo Helamán una responsabilidad sagrada. No se trata solo de objetos físicos —las planchas— sino de algo mucho más profundo: la preservación de la palabra de Dios a través de las generaciones.

Alma no habla en términos casuales. Él recalca que estos registros han sido “conservados para un sabio propósito” y que su destino es llegar a “toda nación, tribu, lengua y pueblo”. Es decir, estas escrituras no pertenecen solo al pasado; son instrumentos activos en la obra de Dios.

Y en medio de esta instrucción, aparece una frase que encierra una poderosa enseñanza:


“Y he aquí, si son conservadas, deben retener su brillo; sí, y retendrán su brillo...” (Alma 37:5)


Este no es un simple consejo técnico. Es una transferencia de misión. Alma está formando a Helamán como custodio de la verdad. Le está enseñando que las escrituras no solo deben guardarse, sino cuidarse con diligencia constante.

En el mundo antiguo, las planchas de bronce no eran solo registros; eran testigos sagrados. Perderlas o descuidarlas implicaba una pérdida espiritual para todo un pueblo. Por eso, el mandato de “retener su brillo” no es decorativo: es esencial.




Si tomamos esta enseñanza en su sentido literal, el simbolismo se vuelve aún más potente.

El bronce es una aleación de cobre y estaño. Es resistente, duradero y valioso, pero tiene una característica importante:


👉 con el tiempo, si no se cuida, se oxida y pierde su brillo.

  • La exposición al aire y la humedad genera una pátina opaca.
  • Para restaurar su brillo, es necesario pulirlo activamente.
  • Este proceso no ocurre una sola vez: requiere mantenimiento constante.

Esto implica algo clave:


el brillo del bronce no es permanente por sí solo; depende del cuidado continuo.


Entonces, cuando Alma habla de que las planchas deben “retener su brillo”, implícitamente está enseñando que:


  • Deben ser usadas, no solo almacenadas
  • Deben ser revisadas, no olvidadas
  • Deben ser valoradas activamente, no tratadas como reliquias pasivas

Helamán no solo debía guardar las planchas: debía interactuar con ellas.




La analogía espiritual: nuestras escrituras hoy

Aquí es donde la enseñanza se vuelve profundamente personal.

Hoy no tenemos planchas de bronce, pero sí tenemos las Escrituras: la Biblia, el Libro de Mormón, Doctrina y Convenios y la Perla de Gran Precio.

La pregunta es:


¿están brillando en nuestra vida?


Tal como el bronce, las escrituras en nuestra vida espiritual también pueden:

  • Brillar con claridad y poder
  • O volverse opacas por descuido

Y la diferencia no está en las Escrituras… está en nosotros.


🔹 ¿Cómo se “opacan” las Escrituras?


  • Cuando dejamos de leerlas regularmente
  • Cuando las leemos sin intención ni reflexión
  • Cuando no las aplicamos en nuestra vida

Con el tiempo, pierden influencia en nuestra mente y corazón.


🔹 ¿Cómo se “pulen”?


  • Mediante el estudio constante y significativo
  • A través de la meditación y la oración
  • Al poner en práctica lo que enseñan

Pulir las Escrituras es volver a ellas una y otra vez, con intención renovada.


El presidente Ezra Taft Benson enseñó:


“El Libro de Mormón es la clave de nuestra religión... y un hombre se acercará más a Dios al seguir sus preceptos que por cualquier otro libro.”

Esta declaración no solo afirma la importancia del libro, sino también el proceso: seguir sus preceptos. Es decir, interactuar con él, estudiarlo, vivirlo. Eso es “mantenerlo brillante”.


El mensaje de Alma a Helamán trasciende el tiempo. No es solo sobre registros antiguos, sino sobre una disciplina espiritual viva.

Así como el bronce necesita ser pulido para reflejar la luz,


nuestras almas necesitan el contacto constante con la palabra de Dios para reflejar Su verdad.

Las Escrituras no pierden su poder.


Mientras reflexionábamos sobre este principio en nuestro hogar, llegó a visitarnos Vicente Ortega, un buen amigo de mi hijo y miembro de la Estaca Chillán Ñuble. Al conversar sobre el artículo, él compartió una observación que me pareció especialmente significativa. Comentó que la enseñanza de Alma no solo se aplica a las planchas o a las Escrituras, sino también a nuestra propia vida. Así como los registros sagrados debían mantenerse limpios, preservados y brillantes para cumplir su propósito, nosotros también debemos procurar mantener nuestra vida espiritual limpia y brillante ante el Señor. Esto implica cuidar nuestros pensamientos, palabras y acciones, arrepentirnos cuando sea necesario y permitir que la luz de Cristo se refleje en nosotros. Su reflexión me recordó que el evangelio no consiste únicamente en conservar la palabra de Dios, sino también en permitir que esa palabra nos transforme, de modo que nuestra vida llegue a ser un reflejo de la verdad que profesamos creer.


Pero pueden perder su influencia en nosotros si las descuidamos.

Por eso, la invitación es clara y profunda:


  • No dejarlas reposar
  • No tratarlas como algo secundario
  • más.